21/07/10

Implicacions de la despossessió humana per part de la societat industrial

Antes de entrar a ver y analizar algunos aspectos de esta desposesión por parte de la sociedad industrial, situemos estos dos conceptos, estas dos realidades.


Desposesión

Problematicemos un poco el término para no hacer de él una lectura ideológica que atribuiría al pasado virtudes que no tiene (para decirlo de forma fácil, para no caer en aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor), como si las formas de vida preindustrial fueran mejores que las actuales y en las que la desposesión no hubiera llegado tan lejos.

Primero, no podemos comparar el grado de desposesión entre épocas: si vivía mejor un campesino medieval o un obrero del siglo XVIII..., no hay parámetros comunes para hacer tal cosa. Y segundo, sabemos de nuestro pasado formas de desposeimiento atravesadas por un discurso religioso, atávico, heterónomo, formas de vida organizadas en torno a la iglesia, sometidas al trabajo esclavo,....

Lo cual no quiere decir que no podamos rastrear en el pasado para ver formas de vida comunitaria, revueltas para no perder aquello que de más humano hay en nosotros, para saber de nuestra historia y no de la historia escrita desde el poder, pero sin convertir la historia en ideología. La crítica a la civilización industrial no la hacemos desde el pasado sino desde el presente, o mejor desde el futuro, desde el porvenir que viene a modificar la sociedad existente.

Hay otro concepto que puede ayudarnos a ensanchar ese de desposesión y es el de alienación. A mediados del siglo XIX, los primeros críticos del modo de producción y de vida capitalista utilizaron el término de alienación. Bauer, Hess, Feuerbach, Marx.. hablaron de alienación religiosa (el hombre proyecta fuera de sí su ser y se pierde en la ilusión de un mundo trascendente), de alienación política (el hombre se pierde en la ficción de un espacio separado –el Estado- donde todos seríamos iguales: ciudadanos), de alineación económica, el hombre separado de su producto.

Y hablaron también del fin de la alienación, lo cual puede interesarnos al hablar ahora de desposesión. El fin de la alienación es su realización. “Aufheben” es a la vez suprimir y realizar. Suprimir la propiedad privada es realizar la propiedad colectiva, suprimir la religión es realizar el deseo humano que hay detrás de la pregunta por lo maravilloso y lo poético, suprimir el dinero no es la vuelta a un pasado miserable sino la realización de una vida exuberante,...


Sociedad industrial

Hablamos de la sociedad industrial como sociedad capitalista y técnica, y vamos a fijarnos en aquellos rasgos que mejor nos ayuden para entender de qué desposesiones hablamos al decir que la sociedad industrial nos desposee.


Capitalista

Lo peculiar de este modo de vida y de producción de mercancías es que en la producción de objetos (mercancías) se busca no su valor de uso sino su valor de cambio, valor que en la evolución del modo de vida capitalista va en aumento mientras el valor de uso de la mercancía tiende a cero. El valor de uso es pues, en este sistema, la coartada del valor de cambio. No es pues tanto un sistema de producción de objetos para satisfacer unas necesidades, sino un sistema de creación de necesidades que demandarán la producción de objetos: simplificando y para entendernos, si produce bebidas no será tanto para apagar la sed sino para propiciarla. Produce pues la necesidad misma. En este sistema, escribe Marx, “la producción no solamente proporciona materiales a la necesidad sino que proporciona también una necesidad a los materiales, de modo que la producción no solamente produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto” (1857, Prólogo a la “Contribución a la crítica de la economía política”).

El objeto producido es un objeto abstracto, cuya utilidad es el beneficio. La lógica que preside este sistema es la de la obtención del máximo beneficio (valorización / acumulación de capital), lógica que ha de atravesar la tendencia decreciente de la tasa de ganancia, lo que sitúa la crisis de este sistema no en su mejor o peor funcionamiento sino en su misma esencia. Es esta misma lógica la que preside la tendencia a ocupar todo el espacio, su tendencia a convertir todo en mercancía, toda actividad en trabajo asalariado, toda actividad artística en espectáculo, su tendencia a capitalizarlo todo, a que no quede nada exterior a esta relación mercantil, hasta convertir la relación que en la producción se instaura entre los hombres en la forma de relaciones entre cosas.


Técnica

También los primeros críticos de la sociedad capitalista nos sirven para iniciar esta comprensión de la sociedad como sociedad técnica. El capital propicia un espectacular crecimiento de la técnica, crecimiento regido por el principio de la máxima eficacia. La eficacia va a situarse por encima de cualquier otra dimensión.

Para Marx la técnica no es un fin sino un medio. Mediación para satisfacer el deseo-necesidad. El hombre al no encontrar en su medio al satisfactor lo produce artificialmente (la Naturaleza no produce locomotoras, ni pianos,..): Surge el acto propiamente humano, ya que el consumo nos iguala al animal. En el paso de la manufactura a la gran industria Marx capta ya la importancia de la ciencia y de la técnica como fuerza productiva directa. Escribe en los Grundrisse (1856): “En la medida que la gran industria se desarrolla, la creación de riqueza efectiva se vuelve menos dependiente del tiempo de trabajo empleado que del poder de los agentes puestos en movimiento durante el tiempo de trabajo, poder que no guarda relación alguna con el tiempo de trabajo inmediato que cuesta su producción sino que depende más bien del estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología, o de la aplicación de esta ciencia a la producción”. Para Marx el problema de la técnica está en su uso. Cuando habla de los ludditas en El Capital dice que “hace falta tiempo y experiencia antes de que los obreros, una vez han aprendido a distinguir entre la máquina y su uso capitalista, dirijan su lucha no contra el medio material de producción sino contra el modo social de explotación”. Para Marx la técnica (fuerzas productivas) no es sólo neutra sino positiva. Marx no cuestiona ni los objetos producidos ni los medios de producción, sino sólo la apropiación que de ellos hace el capital.

Para los críticos Ellul, Mumford, Anders, la cuestión no está en su uso sino en su esencia misma. Si, como dice Ellul, hasta la revolución industrial (s. XVIII) la técnica sólo se aplicaba a campos restringidos, los medios técnicos que se aplicaban eran limitados, su evolución era lenta, y al hombre le quedaba al posibilidad de escoger, todos estos caracteres desaparecen en el actual desarrollo técnico; en nuestra civilización la técnica no tiene límite, se extiende a todos los campos, recubre toda la actividad del hombre, engloba toda la civilización.

Ante el fenómeno técnico desaparecen la ética, la búsqueda de un sentido, la metafísica y el lenguaje. El hombre pre-técnico vive en un escenario humanista donde imperan la finalidad y el sentido. La técnica no tiene una finalidad, carece de sentido, funciona, progresa de manera puramente causal, por autocrecimiento, receptiva sólo a la intro-información. Proponerle un fin, pensar que la técnica no es más que un conjunto de medios al servicio de unos fines, es no entender el significado de la técnica. Es ilusorio pues distinguir entre un buen uso y un mal uso de la técnica: sólo tiene un uso, el uso técnico. Pedirle a la técnica otro uso es pedirle que no sea la técnica: no hay diferencia entre la técnica y su uso. Hoy la T se ha vuelto autónoma respecto a otras instancias: lo que se puede hacer se hará.


Formas de desposesión.

Intentaremos dar unas pinceladas, a modo de ejemplo, sobre algunas formas de desposesión: de la tierra, del lenguaje y sobre el papel de la imagen en esta sociedad. Todas estas y las demás desposesiones comportan la pérdida de determinados saberes y formas de vivir. Estas cuestiones las hemos tratado en las revistas Etcétera, sobre todo en los nº 31, 32, 33, 38, 39 y a lo que allí escribimos nos remitimos.

En primer lugar puntualizar que adueñarse de algo y poseerlo en exclusividad, suele ir unido a desposeer a otros de algo. Y ambos conceptos, son producto de una determinada forma cultural, de una civilización con una determinada estructuración social que impone una sociedad jerarquizada, bajo un Estado, dividida en clases y donde el concepto de propiedad privada es primordial. La propiedad privada tiene como principal condición de transformar a los seres humanos en seres “privados de”: de libertad, de autonomía, de poder de decisión, etc. Finalmente privados del deseo de aprender a vivir su propia vida.

Es importante remarcar que una sociedad así, estratificada piramidalmente, basada en la imposición del trabajo a muchos para el beneficio acumulativo de unos pocos, es un hecho reciente respecto a la existencia total de la humanidad en el mundo. En realidad hará aproximadamente unos 10.000 años que unos núcleos de sociedades estatalizadas lograron imponerse en algunas áreas fluviales, junto a ríos como el Nilo, el Tigris y el Eufrates, el Indo o el Amarillo.

Es evidente, pues, que de la misma manera que la historia de la dominación corre paralela a la historia de la explotación. La historia de la acumulación de riquezas por unos pocos corre paralela a la historia de la desposesión o alienación de otros muchos.

No hace ni 200 años que la idea de propiedad privada era aún extraña para una gran parte de la humanidad. La relación con la tierra y demás medios naturales era para muchos pueblos del planeta, a lo sumo lo que Marx denominaba, “la relación de su comunidad con sus condiciones de producción”, cultivaban o cazaban para poder vivir, no para acumular y especular usureramente, obligando a la mayor parte de la sociedad a malvivir.

En el año 1855 los pueblos Dewamish, que vivían en lo que ahora es el estado de Washington contestaron a los invasores europeos que querían comprar sus tierras:

El Gran Jefe Blanco de Wáshinton ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar estas tierras. ¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Está es para nosotros una idea extraña. Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?

El triunfo del sistema capitalista simbolizado en la llamada Revolución industrial inglesa y en la toma del Estado por la burguesía en Francia (1789), es en realidad el resultado de un proceso en el tiempo, que dura más de dos siglos, en el que se solapan formas del sistema feudal y formas de un capitalismo iniciático con la burguesía comercial como clase que lo impulsa.

Precisamente en Gran Bretaña, se inicia en el siglo XVII el proceso de cercar las tierras que durante siglos habían sido comunales y de “campos abiertos” y que habían escapado al control feudal. Este proceso, de cercar tierras, tuvo su culminación en el siglo XIX. Esto significaba que las tierras pasaban, tras ser compradas a la corona (el rey era propietario por la gracia de Dios), a ser propiedad privada, la mayoría, de unos pocos terratenientes procedentes de la burguesía enriquecida que vallaron las tierras y expulsaron masivamente de ellas a los campesinos de unos lugares donde habían vivido durante generaciones.

Los cercados representan uno de los factores que suponen el inicio de un proceso que significará la transformación acelerada de las condiciones de existencia, de las relaciones humanas, de las técnicas de dominación y de las formas de poder, así como las relaciones económicas entre las personas y con las cosas. Los campesinos se transforman en trabajadores que pueden vender su tiempo y su fuerza en el mercado de trabajo por un salario, serán una mercancía más, un objeto que espera ser comprado por un precio. Los cercados ayudaron a sentar las bases del capitalismo moderno, pues todas las tierras pasaron a ser propiedad privada y los campesinos expulsados se trasformarán en los nuevos proletarios. El capitalismo esperaba, y en gran parte ha logrado, poner al mundo entero a trabajar asalariadamente y no olvidemos que la obligación del trabajo para beneficio de otros, es la primera gran alienación del ser humano, es decir, la primera desposesión que sufre.

A partir del siglo XVI, los europeos inician la colonización del mundo. Pero no será hasta los siglos XIX y XX que el capitalismo triunfante, empleando como método la expansión colonial, no logrará apoderarse y saquear el mundo entero. Rosa Luxemburg nos lo señalaba en su texto “La acumulación de Capital”: Cada nueva expansión colonial viene acompañada, como parte del proceso, de una batalla despiadada del capital contra los lazos económicos y sociales autóctonos a quienes también roba con violencia sus medios de producción y fuerza de trabajo. La acumulación capitalista, por su expansión espasmódica, emplea la fuerza como arma permanente. Este proceso de acumulación de capital mediante el colonialismo supuso y supone (actualmente el colonialismo ha adoptado nuevas formas para continuar la acumulación por desposesión), la muerte de millones de personas y el fin de sus culturas y sus sociabilidades. También en Europa, cuyos habitantes fueron los primeros en sufrir la explotación y la dominación del Capital.

El sistema capitalista, partiendo de Europa, puso en marcha una sucesión de cercados y privatizaciones de tierras que extendió por todo el mundo, desde America hasta África, Asia y Oceanía, no escapando a su codicia ni las regiones más inaccesibles, las árticas, las selvas o los desiertos. Todo en la naturaleza se ha convertido en mercancía, la tierra, el bosque, el agua, la vida y la existencia; todo reducido a patrones abstractos de valores económicos y únicamente reconocidos por el lugar que ocupan en el libro de balances de beneficios. Actualmente todo el planeta es propiedad privada de empresas o personas y lo que no es de ellas esta bajo control del Estado del Capital.

Pero no es descubrir nada nuevo el constatar el carácter totalitario del Capital, su forma se desarrollarse es apoderarse y dominarlo todo en el mundo, en busca del máximo beneficio, el cercado total de la Naturaleza y la vida.

El cerco a la vida por parte del capitalismo está llegando a unos límites que pone en cuestión la propia pervivencia (también la de los suyos), hallándonos hoy confrontados a la pregunta: no de cómo viviremos, sino si viviremos (Günther Anders). El proceso de mundialización del Capital ha llegado hasta la vida misma a través de la agroindustria, de la industria química y nuclear, de la biotecnología, etc. El sistema técnico generado por el capitalismo transforma todas las ramas de la vida, la comunicación la salud, la alimentación, etc., y modifica todo el medio que la circunda: el clima, el aire, el agua; sometiéndolo todo a un proceso de apropiación, rentabilización y devastación. Siendo tanta la nocividad que desarrolla, acumula y expande que está llevando la vida a los límites de su extinción.

A la Naturaleza la sabemos más sometida y a las diversas especies que en ella vivimos más alienadas. Todos los seres que poblamos el planeta somos contemplados como objetos útiles, como forma de valor para este gran experimento capitalista, verificando lo que señalo Gunter Anders de que “actualmente el laboratorio tiene la misma extensión que el globo”.

Por ejemplo, las ya grandes empresas productoras de fármacos, químicas, petroleras, de agrotóxicos, de alimentación, de comercialización de semillas y granos, de biotecnología, se han fusionado formando enormes conglomerados mundiales. Tan sólo Cargill, gigante del grano, ahora en poder de Monsanto, controla el 60% del comercio mundial de cereales y sus transacciones igualan el Producto Nacional Bruto de un Estado como Pakistán.

La vida humana está siendo cada vez más cercada y los individuos estamos más alienados, más aislados, en esta masificada y gregaria sociedad.


Otra de las formas más sutiles de alienación a la que nos vemos sometidos es la desposesión del significante del lenguaje y los sentimientos. Ya Freud nos indicaba que “la palabra es poderoso instrumento, por medio del cual podemos comunicar nuestros sentimientos a los demás”.

Llegamos a las cosas a través del lenguaje. Por medio de él nos representamos y explicamos el mundo y a nosotros mismos: quienes somos y donde estamos. Somos a la vez sujetos que miramos y objeto de la mirada del otro, es a través de esta mirada transformada en palabras que nos construimos como individuos sociales, como comunidad. Venimos al mundo como seres hablantes y el lenguaje nos precede como estructura y como hecho social, y en cierta forma nos determina.

Al poder expresar el pensamiento, las palabras adquieren trascendencia. La potencia de poder crear comunicación entre y con los demás, facilitando la expresión de lo pensado por uno y saber lo pensado por el otro.

Y sin embargo es sabido y actualmente se constata más que nunca, que la lengua (como la técnica) no es tan sólo una herramienta neutra que permite la comunicación entre individuos, sino que está atravesada por una multiplicidad de condicionamientos que permiten múltiples manipulaciones ideológicas. Actualmente ya no queda ninguna duda de la importancia que reviste el control del discurso para asegurar y afianzar el control del orden social.

Se domina también a través del lenguaje. El poder por medio de la técnica de la información: radio, prensa, educación, libros, Internet, pero sobre todo la TV, nos precipita un aluvión de flujos continuos de mensajes y consignas, de señales ordenadas jerárquicamente de manera unidireccional, sin posibilidad de responder y contestarlos. Logrando imponer mucho más que una opinión o un discurso determinado, se impone una manera de comportarse socialmente.

Las cuestiones y los temas de los que hablar y como hemos de hablarlos son, señalados, divulgados y ratificados por la voz autorizada y autoritaria de los mas-media, imponiendo un discurso sin réplica. Los términos mil veces repetidos se vuelven comunes y son repetidos mil veces por la gente, sin cuestionarlos, cada vez que hablamos y nos hablan. Así, como loros se repite: “efectos de la burbuja económica”, “volatilidad de la bolsa”, “el efecto nocivo del sistema financiero”, o “elementos radicales violentos”, “terroristas”, “efectos colaterales”, en lugar de asesinados por la guerra, “conflicto laboral” en lugar de huelga; sin olvidar las grandes palabras mágicas: Democracia y Economía (todo el mundo es demócrata de antes de nacer y un experto en el índice nikkei). O bien se suprimen palabras, casi nadie habla de capitalismo, en su lugar se habla de “neoliberalismo”, de globalización, es decir, se hablan de los efectos sin nombrar la causa.

En lugar de solidaridad se nos calienta el coco con “acciones humanitarias”. Solidaridad incluye la noción de igualdad: describe aquellas acciones individuales o colectivas en pro de otros iguales, esperando una reciprocidad cuando sea el caso. Las “acciones humanitarias” lanzadas por la TV o por empresas asalariadas como son las ONGs parten desde el punto de vista capitalista de la no igualdad, del yo superior que merece recoger los beneficios económicos y el otro como victima que espera las migajas de nuestra caridad.

Actualmente la información es directamente propaganda. Ya Jacques Ellul en su libro “Propagandes” (1960), mostraba como la primordial función de esta no es sólo la de difundir unas ideas y hacérnoslas asumir, que también, sino sobre todo, crear o provocar una “ortopraxis”, es decir, un comportamiento correcto que por sí mismo fundamentará una determinada ortodoxia, pensar y hablar correctamente. Gracias al adecuado manejo y manipulación del lenguaje y de la lógica, se produce la verdad y se configura la realidad. La sumisión voluntaria es una de las conductas que mayoritariamente se acepta y se asume como forma de conducta propia.


Otra desposesión es la que se realiza a través de la imagen. Sociedad de la imagen frente a la sociedad del conocimiento

Una de las categorías principales de este mundo capitalista y técnico es que la imagen pasa a ser, como dice Günther Anders, la categoría principal, hasta el punto que si antes había imágenes en el mundo, hoy hay el mundo como imagen.

Siguiendo a Anders, podemos decir que la información televisiva a través de la imagen nos desposee de la experiencia, al darnos a conocer el mundo, no directamente, si no a través de imágenes servidas como un bien de consumo más a domicilio, perdiendo pues por nuestra parte cualquier posibilidad de reflexión y de toma de posesión.

A través de la imagen televisiva nos encontramos con la imposibilidad de distinguir entre realidad y apariencia. La realidad, el acontecimiento se exhibe en un escenario y se convierte en espectáculo. La representación del acontecimiento es lo que cuenta. Pensemos por ejemplo en la cursa del Corte Inglés: su importancia no le viene del acontecimiento en sí, si no de su retransmisión por TV 3. Es lo que Karl Kraus sintetizó con el aforismo: “Al principio era la prensa, después vino el mundo” y lo llevó más allá afirmando que la vida no es más que una copia de la prensa.

Otra consecuencia de la imagen televisiva es la desposesión de nuestra capacidad de intervención. Frente a la pantalla somos pasivos, no podemos hablar, sólo escuchar. Como muy bien explica el cineasta Peter Watkins, el mismo dispositivo televisivo impide la participación. (Monoforma: dispositivo narrativo que utiliza la TV, ráfaga fracturada estructuralmente, repetitiva, hermética a cualquier intento de participación, sin tiempo para reflexionar aquello que se nos representa).


Etcétera, Can Masdeu, 27 junio 2010

23/04/10

Resistències a l’apropiació de la vida i la natura

Ponent: Henk Hobbelink, coordinador de GRAIN.
(Genetic Ressorces and International Networks).
Us proposem una doble aproximació; per una banda, a les estratègies (acaparament de terres...) i les eines quimèriques (transgènics, agrocombustibles, nanobiotecnologies, biologia sintètica,...) de les que es serveixen industria, tecnociència i estats per apropiar-se i posar a produir tot el territori i el que és viu; per l'altra, a algunes de les resistències que s'hi oposen arreu, entre elles la del moviment per la sobirania alimentària dels pobles.
Si cliques AQUÍ pots trobar informació ampliada (en PowerPoint i PDF) del que va explicar en la seva xerrada.

Los amigos de Ludd

"Optimismo ante el abismo", Radio Bronka, 104.5 FM, 96.6 FM
Esta semana os acercamos la charla del colectivo “los amigos de Ludd” que en su paso por Barcelona nos presentaron la recopilación de textos del boletin antindutrial que ya llegó a su fin. Aunque ya se hayan disuelto como grupo, el libro publicado por Muturreko y la Biblioteca social de los Hermanos Quero es una buena herencia, que nos ayuda a profundizar en la crítica al progreso,al desarrollismo, la industrialización, la función de la ciencia y la tecnología, etc.
Iniciamos el programa hablando de Mohamed y al él le dedicamos la música en arabe. El pasado 13 de Mayo, este chico marroquí murió en en Centro de Internamiento de Extrangeros de la Zona Franca. El domingo día 16 unas 80 personas se concentraron en las puertas del CIE, hacemos una breve cronica de los hechos.
Por la abolición de todos los muros y la libertad de movimiento de las personas…

Resistencias y lugares de encuentro en las montañas de Italia

"Optimismo ante el abismo", Radio Bronka, 104.5 FM, 96.6 FM
Damos voz a la revista Nunatak, que presentaron la gente que la escribe, la edita y le da forma, el pasado domingo en Can Mas Deu. La presentación fue en el marco de las Ciclo de Pensament i lluita antindustrial. De su blog http://pensamentilluites.blogspot.com/ extramemos esta reseña:

Es tracta d’una revista italiana d’històries, cultures i lluites de la muntanya. “Davant la ràpida extensió de la devastació social i ecològica produïda per la societat de la Mercaderia i l’Autoritat, les muntanyes de la terra tornen a ser l’espai de resistència i de llibertat per a que una vida menys alienada i menys contaminada pugui amerar poc a poc la vida de les valls”.

Terminamos el programa con un extracto de otra charla del Ciclo, la de “Los amigos de Ludd” que en algún momento podremos disfrutarla al completo.

22/04/10

Energía y poder. Una discusión en torno al libro "Las ilusiones renovables"

Las ilusiones renovables. La cuestión de la energía y la dominación social ha quedado como el último documento firmado por Los amigos de Ludd. Publicado en junio de 2007 con la editorial Muturreko, este libro intentaba acercarse a la cuestión de la llamada crisis energética sin perder pie en el fondo del análisis político. Con este libro se pretendía, por un lado, proporcionar al lector, una guía sencilla de los debates más importantes que habían surgido en torno a la energía y, por otro lado, aportar un punto de vista radical en cuanto a las perspectivas de cambio social puestas en juego en cualquier mutación técnica y ecológica. Por decirlo de otra manera, se quería ver la crisis energética como un aspecto central en la crítica de la sociedad industrial.
¿Cuál fue el contexto en que se gestó este libro? Hay que recordar que en los primeros años del siglo el interés mediático e institucional por la energía había aumentado considerablemente. Tres fenómenos íntimamente ligados se asomaban en el horizonte en aquellos años. El primero era la inquietud ante el posible resurgir de la industria nuclear. Aunque de esta cuestión se venía hablando desde hacía tiempo, no fue hasta la publicación del famoso artículo de James Lovelock –en 2004- y donde se defendía la energía nuclear como vía de escape a la crisis ambiental global, que el “debate nuclear” volvió a empezar a subir de temperatura en los medios de comunicación –por llamarlos de alguna manera. Hay que decir que en los ambientes ecologistas se había dado casi por enterrada la industria nuclear. Se insistía con gesto tranquilizador en la imposibilidad de que la industria nuclear renaciera de sus cenizas radiactivas, ya que las leyes del mercado y la oposición ciudadana habían acabado con ella. En febrero de 2005, los amigos de Ludd publicamos dentro del boletín el artículo, “La propaganda nuclear y su segunda infancia”, donde se intentaba alertar de una inquietante crecida del fervor pronuclear. Un año más tarde, en la revista Resquicios, se publicaba también el texto “Bajo el volcán”, que formaría un capítulo de Las ilusiones renovables, y donde se hacía un balance de la historia política de la energía nuclear y donde, de nuevo, se llamaba la atención sobre la enorme presión propagandística de la que se favorecía la industria del átomo. Durante los últimos cuatro o cinco años, hemos presenciado una intensificación de dicha propaganda, y si bien todavía es difícil saber si habrá un despegue nuclear, aunque sea modesto, es de de destacar el apoyo que esta industria ha recibido desde medios de derecha a izquierda.[1]
Otro factor que se hacía presente por aquella época era el manoseado debate sobre el agotamiento de los combustibles fósiles. Hay que recordar que hasta los años 2004-05, en el Estado español apenas habían aparecido informaciones al respecto, pero incluso después de aquella época la resonancia pública en torno a este problema ha sido muy escasa con relación a países como Estados Unidos y Francia. No ha sido hasta hace dos o tres años que han comenzado a aparecer libros redactados en castellano, como el de R. Fernández Durán (2008), que tratan la cuestión en detalle. Pero fue sobre todo en las páginas de la revista en red crisis.energética –con analistas como Pedro Prieto o Marcel Coderch- donde desde el año 2004 se había empezado a informar en profundidad sobre el asunto, aunque por supuesto este tipo de revelaciones no alcanzara a la opinión pública. Desde el boletín de los amigos de Ludd, también en febrero de 2005, se había hecho una reseña crítica sobre el libro de Richard Heinberg, The party’ s over, que luego sería traducido al castellano. En esta nota crítica ya se advertía la importancia del fenómeno, tomando a la vez distancia con ciertas expectativas que podía despertar en algunos sectores de la ecología.
Finalmente, estos dos sucesos, tanto el supuesto renacimiento nuclear como el discutido fin de los combustibles fósiles se acompañaban de la efervescencia económica e institucional de las energías alternativas o renovables. En algunos artículos del boletín de números anteriores también se habían tratado algunas de estas cuestiones (eólicas, hidrógeno, etc.) En ese sentido, el libro Las ilusiones renovables es también un intento de responder no sólo a las dudosas interpretaciones oficiales sobre la crisis energética sino también a los también dudosos recambios que se ofrecían a favor de la llamada “transición energética”.
Desde Las ilusiones renovables se quiso provocar una reflexión que fuera a la contra de la complacencia en la que suele descansar el debate público. Pero, a la vez, se intentaba evitar la salida fácil del catastrofismo. No podemos olvidar que los tres factores que hemos señalado estaban sostenidos por la espectacularidad mediática que se le ha dado al cambio climático, fenómeno frente al cual tomamos distancia crítica en las páginas finales del libro.

Las trampas de la substitución y la transición energética

Un hecho que habría que señalar cuando hablamos de la historia social de la energía, es la facilidad con la que olvidamos los rasgos de los estadios anteriores. Tendemos a hacer una lectura progresiva de los “avances” de los regímenes energéticos, sin tener en cuenta el carácter abusivo que adquieren las tecnologías energéticas en el mundo desarrollado. Podemos llegar a pensar, leyendo el pasado, que unas formas de energía vinieron a sustituir a las anteriores. Esto, siendo en parte cierto, no es lo esencial. Si, por ejemplo, el carbón vino a sustituir a la madera en algunos usos concretos ¿qué importancia tiene esto frente al hecho de que el empleo industrial del carbón creó un mundo nuevo e inventó formas inéditas de invertir la energía? Cuando en 1859 se comenzó a abrir los primeros pozos de petróleo con fines explícitamente comerciales en Estados Unidos ¿se podía llegar a imaginar que en el siglo XX el motor de explosión revolucionaría toda la vida de occidente y pronto la del planeta? Cierto, el petróleo podía sustituir al carbón en algunos espacios, pero lo fundamental era más bien el mundo nuevo que inauguraba a su paso. El complejo electronuclear, tiempo después, intentó presentarse como un proyecto con vocación similar en los años cincuenta del pasado siglo, aunque sus logros sólo se realizaron en una mínima parte.
Un ejemplo de esta historiografía insensible a los verdaderos rasgos de cada época lo tenemos en el famoso libro de Gimpel sobre la revolución industrial en la Edad Media. Este libro, cayendo a veces en la caricatura, buscaba a toda costa elementos de comparación entre el mundo económico y técnico de la Edad Media y el período contemporáneo. Cuando habla de la explotación de la energía en la Europa medieval llega a conclusiones como esta: “En el Medioevo, la energía hidráulica tenía la misma importancia que el petróleo en el siglo XX.” A nuestro juicio, este es el tipo de comparaciones que una historia con vocación de seriedad debería evitar. Pero para lo que concierne a este debate, en efecto, y dado que aquí Gimpel está refiriéndose a los molinos de agua, ¿cómo extrapolar la función que tenía la energía hidráulica entonces con la función que desempeña el petróleo en la economía del siglo XX? ¿No estamos ante mundos radicalmente diferentes? ¿Cuál es el lugar que ocupa la movilidad y la mecanización en la edad contemporánea si lo comparamos con la Edad Media?
Desde la Revolución Industrial hemos asistido a una progresiva e imparable tecnificación de los medios de producción y consumo de energía. Esta tecnificación ha derivado en una metamorfosis constante de la sociedad industrial. Quizá los rasgos más determinantes de este proceso hayan sido la revolución de la movilidad, la mecanización de la producción y la proliferación de todo tipo de servicios.
Un excelente ejemplo de cómo la movilidad y la mecanización pueden hacer bascular por completo un mundo de relaciones económicas lo tenemos en el artículo “Les Ëtats-Unis avant la grande industrie” de Matthieu Amiech [2], donde se comenta en profundidad el libro del historiador de la economía Alfred Chandler, La mano visible, y donde se describe la evolución que sufrió la sociedad capitalista norteamericana antes y después de la introducción del ferrocarril. Tratándose Chandler un autor que intenta describir el fenómeno del capitalismo desde un punto de vista “objetivo” el libro tiene el valor de documentar el proceso de industrialización sin aprioris militantes. Y, en efecto, el mundo financiero y capitalista que describe Chandler hasta 1840 reposaba sobre el mismo tipo de limitaciones de aquellos períodos previos al desarrollo de la movilidad industrial. ¿Cuál eran estas limitaciones? La geografía física, la climatología, etc. Una vez que la movilidad, junto con medios de comunicación más eficaces como la telegrafía, rompió estos límites, un nuevo mundo económico, el capitalismo industrial, surgió con todos sus rasgos: dispersión productiva, expansión del consumo, integración de todas las estructuras, etc.
Por tanto, sería un error pensar que podemos limitarnos a sustituir unas energías por otras sin tener en cuenta todas las nuevas formas de producción y consumo que cada régimen energético permite. Cuando algunos ecologistas nos hablan entusiastas del conocido “100% renovable” no podemos ver ahí sino una ingenua declaración de principios. En efecto, dada la sedimentación de servicios, formas de consumo y estructuras heredadas de las sucesivas revoluciones técnicas y energéticas ¿no sería prioritario analizar que tipo de necesidades colectivas serían aceptables en una cultura que quiera prosperar sin ser una amenaza para el medio físico?

Descentralización de la producción y concentración del Poder

Hay algo que parece claro: a medida que la energía se aplicó de forma cada vez más eficaz a la movilidad, los medios de producción y consumo pudieron diseminarse en un grado formidable por todo el territorio, rompiendo con las limitaciones impuestas por la naturaleza. Ahora bien, este fenómeno no se acompañó, como hubieran querido Kropotkin, Ohitovich o Lewis Mumford [3], de una descentralización del poder, sino por el contrario de la formación progresiva de una megalópolis amorfa con un millón de terminales, órganos de gestión que borraron los últimos vestigios de vida autónoma y de diversidad natural.
La aplicación intensiva de energía a la movilidad y a la mecanización y de estas a la producción y distribución de bienes ha tenido como consecuencia casi inmediata la formación de una red gigantesca de relaciones financieras, jurídicas e ingenieriles que refuerzan y justifican la naturaleza de un Poder incontestable.
Muchos han tardado en darse cuenta que a partir de un cierto umbral, el sistema toma sus medios de crecimiento y mantenimiento como fines en sí mismos, y la mera dimensión de dicho sistema requiere una estructura compleja que destruye cualquier consideración que no sea técnica.
Para un autor como William F. Ruddiman, el problema ligado a la modificación del clima producido por la acción humana se remontan a la antigüedad. En su conocido libro Plows, Plagues and Petroleum: how humans took control of climate (2005) intenta probar como la deforestación y la actividad agrícola desarrolladas en Asia y en la cuenca mediterránea hace milenios produjeron ya la introducción masiva de metano y otros gases de efecto invernadero en la atmósfera, lo que produjo un ligero aumento de temperaturas.
Refiriéndose a nuestra sociedad moderna e industrial el antropólogo Lévi-Strauss trazaba la diferencia entre las máquinas mecánicas y las máquinas termodinámicas. Las primeras sólo utilizan la energía que se les ha proporcionado en un principio y, en un modelo teórico, donde no hubiera frotamientos, podrían continuar funcionando indefinidamente con esa misma cantidad de energía. Mientras que, como explica Lévi-Strauss: “las máquinas termodinámicas, como la máquina a vapor, funcionan sobre una diferencia de temperatura entre sus partes, entre la caldera y el condensador; producen una enorme cantidad de trabajo, mucho más que las otras, pero consumiendo su energía y destruyéndola progresivamente.”
(…)
“Nuestras sociedades no son solamente sociedades que hacen un gran uso de la máquina de vapor; desde el punto de vista de su estructura, se parecen a máquinas de vapor, utilizan para su funcionamiento una diferencia de potencial, que se realiza mediante diferentes formas de jerarquía social, se llame esclavitud o servidumbre, o sociedad de clases, esto no tiene una importancia fundamental cuando se miran las cosas desde lejos y con una visión panorámica. Estas sociedades han llegado a realizar en su seno un desequilibrio que utilizan por producir, a la vez, un gran orden –sociedades maquinistas- y también un gran desorden, mucha más entropía, en el plano mismo de las relaciones humanas.” [4]
La introducción masiva de combustibles fósiles en la vida económica no ha sido el mayor ni el más reciente de los desastres que haya sucedido a la humanidad, pero si es tal vez aquel que resume mejor todos los males ligados a la extensión del Poder incontestable y de la degradación de la naturaleza. Lo que demuestra la puerilidad de las expectativas que se habían puesto en la liberación otorgada por la mecanización y dispersión de la producción.
Llegados a este punto ¿qué hacer? Vivimos bajo la doble amenaza de un sistema que nos priva de autonomía y de poder de decisión pero del que tenemos una total dependencia para poder sobrevivir.
Esta contradicción, sin ser fatal, determinará inevitablemente el carácter de todo lo que nos decidamos a realizar individual y colectivamente.

Toni García abril 2010

NOTAS

1. A este respecto se pueden leer los artículos “La industria nuclear: una próspera decadencia” y “Nuevos avances de la propaganda nuclear” publicados en febrero y octubre de 2009 respectivamente en el periódico CNT, firmados por José Ardillo.
2. Incluido en el número 7 de la revista Notes & Morceaux choisis de diciembre de 2006.
3. En cuanto a Kropotkin, su ideal de descentralización se basaba en gran medida en la electricidad, aunque no sepamos hasta que punto. En Las ilusiones renovables habíamos señalado “no parece Kropotkin haber desarrollado el concepto de una gran red energética descentralizada a escala nacional. Parecía más inclinado a pensar en una diversificación de posibilidades locales.” Sin embargo, en la biografía de Kropotkin, El príncipe anarquista, de Woodcock y Avakumovic, aparece un testimonio revelador de un amigo suyo, Berlfort Bax: “Respecto a la economía, su idea [de Kropotkin] era que la concentración del proceso industrial era sólo una fase pasajera de la Revolución Industrial que había alcanzado su apogeo cuando el vapor era la única energía que movía la producción, pero que el total desarrollo de la era de la electricidad significaría un regreso de gran magnitud a la antigua pequeña industria de producción individual, debido al hecho de que, a diferencia de la energía del vapor, la eléctrica podía dividirse sin perder eficacia.”
4. Citado en el libro L´energie et le désarroi post-industriel de Louis Puiseux (1973).

20/01/10

Resistències actuals a la metropolinització

"Optimismo ante el abismo", Radio Bronka, 104.5 FM, 96.6FM
A raíz del debate/mesa redonda que tuvo lugar en Can Mas Deu el pasado 28de Marzo, preparamos este programa desde la misma perspectiva. Hablamos deproyectos desarrollistas destructores en el ambito del area metropolitana deBarcelona desde cuatro casos concretos (MAT, Pla Caufec, AVE i el QuartCinturó), y de como la frontera de la ciudad, de la urbanización y lo rural queda cada vez mas desfragmentada. Al fínal del programa lanzamos algunas de las reflexiones que salieron en el debate a modo de preguntas abiertas.

Nosotros, los antidesarrollistas

La fe en el crecimiento económico ilimitado como solución a los males sociales ha sido inherente al régimen capitalista, pero no fue hasta los años cincuenta del siglo pasado cuando dicha fe, bajo el nombre de desarrollismo, se convirtió en una política de Estado. A partir de entonces, la Razón de Estado fue principalmente Razón de Mercado. Por primera vez, la supervivencia de las estructuras de poder no dependía de guerras, aunque fueran “frías”, sino de economías, preferentemente “calientes”. La libertad, siempre asociada al derecho civil, pasaba cada vez más por el derecho mercantil. Ser libre fue a partir de entonces, exclusivamente, poder trabajar, comprar y vender libremente, sin regulaciones, sin trabas. En lo sucesivo, el grado de libertad de las sociedades capitalistas vino determinado por el porcentaje de parados y el nivel de consumo, es decir, por el grado de integración de los trabajadores a la economía. Y corolariamente, la protesta social más auténtica se definió como rechazo al trabajo y al consumismo, es decir, como negación de la economía independizada de la colectividad, como crítica anti-industrial, como antidesarrollismo.

Pronto, el desarrollismo se ha convertido en una amenaza no sólo para el medio ambiente y el territorio, sino para la vida de las personas, reducida a los imperativos laborales y consumistas. La alteración de los ciclos geoquímicos, el envenenamiento del entorno, la disolución de los ecosistemas, el agotamiento de recursos, ponen literalmente en peligro la continuidad de la especie humana. La relación entre la sociedad urbana y el entorno suburbializado ha sido cada vez más crítica, pues la urbanización generalizada del mundo conlleva su banalización destructiva no menos generalizada: uniformización del territorio mediante su fácil accesibilidad; destrucción territorial por la contaminación y el ladrillo; ruina de sus habitantes por inmersión en un nuevo medio artificializado, sucio y hostil. El desarrollismo, al valorizar económicamente el territorio y la vida, era inherente a la degradación del medio natural y la descomposición social, pero, precisamente porque cualquier forma de crecer devino una forma de destruir, la destrucción misma llegó a ser el mayor estímulo para desarrollo, condición sine qua non del crecimiento. El desarrollismo encontró sus límites en el “peak” de la producción de petróleo, el calentamiento global, la contaminación, el cáncer y la producción de basura. Las fuerzas productivas autónomas eran principalmente fuerzas destructivas, lo cual volvía peligrosas las huidas hacia delante. Pero la solución al problema, desde la lógica capitalista, residía en ese mismo peligro. Gracias a él podían convertirse en valor de cambio los elementos naturales gratuitos como el sol, el clima, el agua, el aire, el paisaje... O los síntomas de descomposición social como el estrés, la agresividad, los robos, la marginación... El riesgo y la neurosis se volvieron capital. Las críticas ecológicas y sociológicas proporcionaron ideas y argumentos a los dirigentes mundiales. Así pues, la nueva clase dominante ligada a la economía globalizada, ha creído hallar la solución en el sindicalismo de concertación, la tecnología policial, la convivencia de pago, el consumismo “crítico”, la terapia sicoanalítica, el reciclaje y la industria verde; en resumen, en el desarrollismo “sostenible” y su complemento político, la democracia “participativa.”

El crecimiento económico, a partir de los años setenta, no pudo asegurarse más por la mano de obra y pasó a depender completamente del desarrollo técnico. La tecnología se transformó en la principal fuerza productiva, suprimiendo las contradicciones que se desprendían de la preponderancia de la fuerza de trabajo en la producción. En adelante los obreros dejaban de ser el elemento principal del proceso productivo, y por consiguiente, perdían interés como factor estratégico de la lucha social. Si los conflictos laborales nunca habían cuestionado la naturaleza alienante del trabajo, ni el objeto o las consecuencias de la producción, puesto que las luchas obreras siempre se movían en la órbita del capital, menos cuestionarían ahora el meollo del problema, la máquina, condenándose a la ineficacia más absoluta como luchas por la libertad y la emancipación. Las ideologías obreristas eran progresistas; consideraban el trabajo como una actividad moralmente neutra y mantenían una confianza ciega en la ciencia y la técnica, a las que suponían los pilares del progreso una vez los medios de producción cayeran en manos proletarias. Criticaban el dominio burgués por no poder desarrollar a fondo sus capacidades productivas, o sea, por no poder ser suficientemente desarrollista. En ese punto demostraron estar equivocadas: el capitalismo, en lugar de inhibir las fuerzas productivas, las va desarrollando al máximo. La sociedad plenamente burguesa es una sociedad de la abundancia. Y precisamente es esa abundancia, producto de dicho desarrollo, la que ha destruido la sociedad. En el polo opuesto, los antidesarrollistas, por definición contrarios al crecimiento de las fuerzas productivas, cuestionan los medios de producción mismos, además de la propia producción, cuya demanda viene determinada por necesidades ficticias y deseos manipulados, y, por consiguiente, es en su mayoría inútil y perjudicial. Lejos de querer apropiarse de ellos, aspiran a desmantelarlos. No apuestan por la autogestión de lo existente, sino por el retorno a lo local. También cuestionan la abundancia, por ser sólo abundancia de mercancías. Y critican el concepto obrerista de crisis como momento ascendente de las fuerzas revolucionarias. Bien al contrario, el capitalismo ha sabido instalarse en ella y demostrar más capacidad de maniobra que sus supuestos enemigos. La historia de los últimos años enseña que las crisis, lejos de hacer emerger un sujeto histórico cualquiera, no han hecho más que catapultar la contrarrevolución.

La visión del futuro proletario era la sociedad convertida en fábrica, nada esencialmente distinto del presente, en que la sociedad entera es un hipermercado. La diferencia obedece a que en el periodo de dominio real del capital los centros comerciales han sustituido a las fábricas y, por lo tanto, el consumo prima sobre el trabajo. Mientras las clases peligrosas se convertían en masas asalariadas dóciles, objetos pasivos del capital, el capitalismo ha profundizado su dominio, aflojando los lazos que le ligaban al mundo laboral. A su manera, el capitalismo moderno también está contra el trabajo. En la fase anterior de dominio capitalista formal se trabajaba para consumir; en la actual, hay que consumir incesantemente para que el trabajo exista. La lucha antidesarrollista quiere romper este círculo infernal, por lo que parte pues de la negación tanto del trabajo como del consumo, cosa que lleva a cuestionar la existencia de los lugares mal llamados ciudades, donde ambas actividades son obligatorias. Condena esos conglomerados amorfos poblados de masas solitarias en nombre del principio perdido que presidió su fundación: el ágora. Es la dialéctica trabajo/consumo la que caracteriza a las ciudades al mismo tiempo como empresas, mercados y fábricas globales. Por eso, el espacio urbano ha dejado de ser un lugar público para la discusión, el autogobierno, el juego o la fiesta, y su reconstrucción se rige por los criterios más espectaculares y desarrollistas. La crítica del desarrollismo es entonces una crítica del urbanismo; la resistencia a la urbanización es por excelencia una defensa del territorio.

La defensa del territorio, que tras la desaparición de la agricultura tradicional se sitúa en el centro de la cuestión social, es un combate contra su conversión en mercancía, o sea, contra la existencia de un mercado del territorio entendido no como mercado de la tierra, sino del espacio. El territorio es ahora el primer punto del programa desarrollista, fuente de suelo para urbanizar, promesa de gigantescas infraestructuras, lugar para la instalación de centrales energéticas y vertederos, espacio ideal para el turismo y la industria del ocio... Es una mina inagotable de negocios, impuestos y puestos de trabajo basura, algo con lo que poner de acuerdo a las autoridades regionales, las fuerzas vivas municipales y los ecologistas neorrurales, para quienes la cuestión territorial es sobre todo un problema de inversiones, tasas y empleos. La lógica de la mercancía está fragmentando y colonizando el territorio desde las conurbaciones, componiendo con todo un solo sistema metropolitano. Las luchas antidesarrollistas tienen pues en la defensa del territorio un dique contra la oleada urbanizadora del capital. Intentan que retrocedan las fronteras urbanas. Son luchas por la recuperación del colectivismo agrario y por la desurbanización. Pero también son luchas que buscan el reencuentro y la comunicación entre las personas, luchas por el restablecimiento de la vida pública.

Para que el antidesarrollismo llene de contenido las luchas sociales ha de surgir una cultura política radicalmente diferente a la que hoy predomina. Es una cultura del “no”. No a cualquier imperativo económico, no a cualquier decisión del Estado. No se trata pues de participar en el juego político actual para contribuir en la medida que fuere a la administración del presente estado de cosas. Se trata mejor de reconstruir entre los oprimidos, fuera de la política pero en el seno mismo del conflicto, una comunidad de intereses opuestos a dicho estado. Para eso la multiplicidad de intereses locales ha de condensarse y reforzarse en un interés general, a fin de plasmarse a través del debate público en objetivos concretos y alternativas reales. Una comunidad así ha de ser igualitaria y estar guiada por la voluntad de vivir de otro modo. La política antidesarrollista se basa en el principio de la acción directa y la representación colectiva, por lo que no ha de reproducir la separación entre dirigentes y dirigidos que conforma la sociedad vigente. En esa vuelta a lo público, la economía ha de regresar al domus, ha de volver a ser lo que fue, una actividad doméstica. La comunidad ha de asegurarse contra todo poder separado, por un lado, organizándose horizontalmente mediante estructuras asamblearias, y controlando lo más directamente posible a sus delegados o enlaces, de forma que no se conviertan en jerarquías formales o informales. Por el otro, rompiendo la sumisión a la racionalidad mercantil y tecnológica. Nunca podrá dominar las condiciones de su propia reproducción inalterada si actúa de otra manera, es decir, si cree en la tecnología y en el mercado, si reconoce alguna legitimidad en las instituciones del poder dominante o adopta sus métodos de funcionamiento.

Con el fin de recuperar y desactivar la rebelión social, principalmente juvenil, contra las nuevas condiciones de la dominación, las que obedecen al mecanismo de construcción/destrucción/reconstrucción típico del desarrollismo, se pone en marcha una versión degenerada de la lucha de clases, los llamados “movimientos sociales”, plataformas inclusive. Para quienes no quieren otro orden social, el mito del “ciudadano” puede sustituir cómodamente al mito del proletariado en los nuevos esquemas ideológicos. El ciudadanismo es el hijo más legítimo del obrerismo y del progresismo. No surge para enterrarlos, sino para revitalizar su cadáver. En un momento en que no hay más auténtico diálogo que el que pueda existir entre los núcleos rebeldes, aquél sólo pretende conversar con los poderes y hacerse un hueco. Su proyecto conduce invariablemente al Estado. Pero la comunidad de los oprimidos no ha de intentar coexistir pacíficamente con la sociedad opresora pues su existencia no se justifica sino en la lucha contra ella. Una manera de vivir diferente no ha de cimentarse en el diálogo y la negociación institucional con la forma esclava precedente. Su consolidación no vendrá pues ni de una transacción, ni de una crisis económica cualquiera, sino de una secesión masiva, de una disidencia generalizada, de una ruptura drástica con la política y con el mercado. En otras palabras, de una revolución de nuevo tipo. Puesto que el camino contrario a la revolución conduce no sólo a la infelicidad y la sumisión, sino a la extinción biológica de la humanidad, nosotros, los antidesarrollistas, estamos por ella.

El pensamiento antidesarrollista o anti-industrial no representa una nueva moda, una crítica puramente negativa del pensamiento científico y de las ideologías progresistas, o un vulgar primitivismo que propugna retroceder a un momento cualquiera de la Historia o de la Prehistoria. Tampoco es una simple denuncia de la domesticación del proletariado y del despotismo del capital, ni una variante radical del decrecentismo. Menos todavía algo tan mistificador como una teoría unitaria de la sociedad, propiedad de la última de las vanguardias o del último de los movimientos. Va más allá que eso. Es una mentalidad que emana de la acción, o como se dice ahora, una “cultura”. Es el estadio más avanzado de la conciencia social e histórica. Es una forma determinada de conciencia de cuya generalización depende la salvación de la época.


Miquel Amorós

Manifiesto del 7 de marzo de 2010

Discutido en la presentación del libro “A carne Viva”, en la librería Sahiri, Valencia, el 16 de abril, y en la librería La Malatesta, Madrid, el 23 de abril de 2010.